sábado, 17 de agosto de 2013

El Viaje en Zacatecas

9/08/13

La razón de la visita al estado fue para la graduación de una prima que obtenía su licenciatura en Odontología.
Todo comenzó cuando mi papá sugirió irnos a partir de las 10 AM, pero un improvisto con mi tío sobre mandados y chucherías adicionales nos hizo irnos media hora después. Mi primo, el chef, conducía el vehículo y yo pensaba que ir viajando por un aproximado de seis horas de Acámbaro a Zacatecas sería cansado y aburrido nada más porque no había con qué escuchar música, a pesar de las bocinas que traíamos, estas no alcanzaban a desplegar un sonido adecuado. Eso, sin embargo, disminuyó con las conversaciones que pendían desde como mi primo llego a escaparse tres veces o más de la escuela siendo apenas un niño y que por ello, cerraron dicha escuela; del como mi papá, en su niñez, se fue a pajarear con un amigo en vez de ir a la escuela y que un chismoso les arruinó la diversión cuando le fue a contar a mi abuelo sobre ello y, bueno, hubo cinturonazos de por medio; de como mi abuelo materno le ordenó a otro de mis primos, el médico, ir a una feria en Zacatecas y que durante todo el recorrido estuvieron poniendo una misma canción hasta que mi abuelo se lo aprendió.
Nos hubiéramos hecho 5 horas de no ser por los retenes o reparaciones en carreteras que tuvimos que atravesar y la tienda del Oxígeno en donde nos detuvimos para refrescarnos.
A través de Aguascalientes viajamos y finalmente llegamos a Zacatecas. Nos dirigimos derecho hacia el centro histórico siguiendo los letreros que decían "Catedral"; casi nos perdíamos en el intento pero llegamos a nuestro hotel, pequeño pero bonito, sanos y salvos.
Tras instalarnos en nuestra habitación, buscamos un restaurante para comer. Normalmente comemos a las 3 pero para ese momento ya eran las 5. Estuvimos recorriendo la avenida Hidalgo mientras mi primo insistía que debíamos comer en un lugar donde vendieran especialidades exclusivamente zacatecanas. Al final optamos por uno cuyo aspecto lucía muy fino: "Acrópolis"
Después, mi papa sugirió que subiéramos al teleférico, cosa que hicimos. A decir verdad, se siente como subir a un barco y en un elevador a la vez, pero, por supuesto, en el aire. Tuvimos un narrador con muy buen sentido del humor mientras nos describía cada aspecto importante de la ciudad. Mi tío, mi papá y yo disfrutamos este viaje por las alturas, mi primo no tanto.
Llegamos al cerro de La Bufa y nos subimos a un tren turístico que nos llevó a la cima, en un recorrido demasiado breve. Recorrimos la zona de las estatuas, la iglesia y el enorme balcón que ahí se encontraba.
Entonces, llegó el momento de descender. Cuando el presentador del tren nos dijo que el camino para bajar conducía a la parte trasera de la catedral, no estaba bromeando. Caminamos y caminamos en una ruta sumamente inclinada, la cual empezaba en una carretera -que no resultó ser carretera- y terminaba en los callejones de un vecindario. Al final, mis pantorrillas terminaron desgastadas y temblando. Nos merecíamos un descanso.
Alrededor de las 9, llegó mi tío zacatecano, nuestro anfitrión, con mi otra prima y los llevamos a cenar a "El Pueblito". Por supuesto, mi primo fue el que animaba las conversaciones, aunque no desperdiciaba ningún momento al comparar la comida con las de Guanajuato y Michoacán.
Salimos, estuvimos viendo un rato un pequeño evento estilo carnaval al lado de la catedral y luego cada uno se fue a dormir a sus respectivos lugares.


10/08/13

Amanecí con dolor de cabeza pero era uno de esos tipos de dolores que, pensé, se quitarían luego de unos minutos. No fue así y me tuve que aguantar hasta la hora del desayuno. Nuestro cuarteto salió a buscar un restaurante para ello y dimos con una llamada “Gorditas Doña Julia”. Todo era normal hasta que yo di el primer mordisco a mi orden. Pronto me di cuenta de la especialización que tenía esta cadena: Su chile. Un tipo de chile que es un reto para los que están acostumbrados a comer cosas picosas pero una tortura para los que no, como yo. Eso sí, puedo decir que la enchilada que me congeló el cerebro me quitó el dolor de cabeza. Pobres de los turistas que hayan venido a ese lugar y de aquella persona que haya cometido la osadía de pedir cinco gorditas para sí sola.
El desayuno no fue realmente satisfactorio, así que fuimos a otro lugar y ahí sí estuvimos bien.
Fuimos al evento de la graduación y todo salió sin nada inusual y bajo los estándares. Veredicto: Muchas fotos se tomaron.
Antes de yo despertará, escuché a mi primo que iba a recorrer el centro un rato y encontró un lugar que le dio interés llamado “La casa del inquisidor”, un museo. Terminada la graduación, fuimos a ese lugar y debo decir, honestamente, que el caso de La Bufa y del museo fueron lo mejor de todo el viaje de Zacatecas, ¿Por qué? Por el guía que nos llevó a nosotros y a otras cuatro personas más por las habitaciones y explicándonos con lujo de detalle los artilugios que se encontraban en cada una. Lo sorprendente no sólo fue la manera tan increíble en como narraba las cosas o como fue el hecho de haberme enterado de cosas que desconocía (Como el nombre completo de Miguel Hidalgo o el hecho de que las pinturas que se conocen de él son, de hecho, del médico de Maximiliano de Hasburgo), fue que una de las personas que estaban escuchando resultó ser antropóloga y ella preguntaba cosas complejas a lo que él respondía correctamente cada una de ellas y con la misma dimensión de profundidad que el resto de las cosas. El recorrido se sobrepasó de la hora pero me fui satisfecho de ahí.
Desde ese punto, caminamos como la mitad del camino de La Bufa a la catedral para llegar a la iglesia gótica (no sin antes perdernos brevemente en el proceso) donde se celebraría la misa de graduación de mi prima y sus compañeros.
Terminado el evento, mi tío anfitrión sugirió un lugar donde pudiésemos comer: Un buffet. Mi primera idea era comer en un Vips que teníamos de paso pero al final fui a dicho buffet y no estuvo nada mal el servicio al final.
Nos detuvimos en un Sanborns y en un mercado de artesanías y finalmente regresamos al hotel para descansar y prepararnos para la fiesta familiar de las 9. Mi celular murió llegando esa hora y entonces me di cuenta que no sobreviviría más allá de las 12. Pude haber aguantado más pero sin medios de entrenamiento y casi desfalleciendo del sueño, al final regresé con mi papá y con mi tío al hotel. Mi primo se quedó un rato más en la fiesta y regresó hasta las 3 AM.

11/08/13

Sr desató la lluvia por la mañana y eso me despertó.
Podríamos haber aplicado lo mismo que ocurrió de Acámbaro a Zacatecas pero nos retrasamos al desayunar en el Acrópolis, aunque eso lo interpreté como “terminaremos donde empezamos”.

Algunas veces pienso que cualquier viaje largo en cualquier vehículo de ida es tranquilo, pero los de regreso no son nada cómodos. Con eso de que nos hayamos perdido en Aguascalientes es un comienzo pero luego ya comenzó a mejorar el asunto hasta que finalmente llegamos a Acambarancho.

viernes, 7 de junio de 2013

Colores

La cabaña se mantenía silenciosa como siempre en una noche usual. Eso era normal, considerado su aislamiento de cualquier tipo de civilización existente. La enigmática fortaleza de madera sin color estaba rodeada por un extenso bosque pero cuyas cercanías eran dominadas con un campo verde la cual hacia destacar un camino despejado que se dirigía directamente hacia la entrada, como si todos y nadie fueran bienvenidos al mismo tiempo. 

Una mujer salía de entre la oscuridad a través de los árboles, con bolsa en mano y un cuchillo lleno de sangre sostenida con su boca. Caminó lentamente con sus pies desnudos mientras aplastaba el pasto a un lado del camino carente de verde. Cuando comenzó a moverse por tal sendero hasta llegar a las escalinatas de la cabaña, escuchó el sonido de un grillo y su característico sonido originado por la frotación de sus alas que le provocó un momento de tranquilidad. Abrió la puerta y luego la cerró por dentro. 

En plena negrura, ella dejó la bolsa y el cuchillo en el escritorio justo al lado de la entrada. Al encender la vela de la sala, que destilaba una luz opaca, miró el cuchillo y observó lo gris del arma y lo rojizo de la sangre que ya empezaba a secarse. Se miró en el espejo colgado de una pared y lo único que observaba eran únicamente tres colores: Blanco, negro y gris, mezclándose caóticamente este último con sus compañeros. 

Volvió a mirar al espejo y esta vez su atención no estaba fija en sí misma sino en la mano gigante, flotante, cercenada y carente de espectros coloridos que apuntaba con miedo a un ropero multicolor de una esquina del lugar. La mujer suspiró, se sentó en la silla del escritorio del aposento, puso su codo sobre el mueble, acercó su mano a su mejilla, inclinó la cabeza y tomó una postura de aburrimiento. Su mirada se quedó completamente puesta sobre la extraordinaria cosa y así se quedó por cinco minutos hasta que dijo: 

-Ese armatoste que obviamente le pertenece al universo de allá fuera, ¿Todavía sigues esperando a que algo en su interior ocurra? 

La enorme mano se movió y levantó el pulgar en señal de afirmación. Luego regresó a seguir señalando a su objetivo, esta vez con más fuerza que antes pero ahora teniendo temblores. La mujer volvió a tomar la palabra: 

-Hoy maté a tres conejos, fue lo único que encontré. Me los voy a comer en un momento. La cacería es buena en tiempos de holgazanería, tú sabes, además, me gusta la carne cruda. Hemos estado en este mundo por quien sabe cuánto tiempo y sé que si voy a una ciudad… bueno, digamos que todo y todos harán bum, así nada más. Como te dije, tenemos que volver a nuestro universo antes de que algún mortal en su precioso paraíso de concreto salga lastimado. Pero no podremos volver a nuestro hogar si tú no dejas de señalar ese cacharro forrado de colores de todo tipo. 

La mano procedió otra vez a moverse y agitó su dedo índice de un lado a otro significando un “no” como respuesta. Inmediatamente después siguió con su rutina. La mujer, fastidiada, cogió la bolsa y el cuchillo, se dirigió a la mesa de la sala, sacó los cadáveres de los conejos de la bolsa y comenzó a cortarlos en trocitos que iba tragando sin masticar uno a uno. 

Mientras el cuchillo en gris cortaba el pelaje amarillento cubierto por manchas marrones de la sangre seca, la sangre fresca y muy rojiza que aún quedaba dentro de sus cuerpos lentamente se desparramaba por la mesa, la cual estaba en blanco y negro. 

La mano flotante se agitó violentamente cuando, con sus dedos, golpeaba la pared para llamar la atención de su dueña. Ella observó el ropero y vio crecer desde adentro unas raíces purpuras que rodeaban y parecían estrangular al mueble. La mujer simplemente levantó una ceja expresando su sarcasmo y le preguntó a su acompañante: 

-¿Ya estás mejor? 

Como un cachorro aterrorizado, la mano gigante logró levantar el pulgar, a lo que ella respondió satisfactoriamente: 

-Bien. Por fin. 

Se acercó a la mano, le dio unas palmaditas para calmarlo, luego se dirigió al ropero enraizado, lo sujetó, lo levantó con su mano derecha como si nada de su posición, abrió la puerta de la cabaña usando nuevamente su mano derecha mientras levantaba el mueble con su brazo izquierdo y luego la arrojó con fiereza, lo que provocó que algunos árboles a lo lejos fueran derribados. 

La mano y su dueña observaron al contenedor de muchos colores cuyas raíces comenzaron a crecer una vez más, esta vez no sólo enterrándose en la tierra sino haciendo crecer un enorme tronco que comenzaba a tragarse a su huésped de madera. El tronco siguió creciendo hasta hacer saltar nuevas raíces que, púrpuras como su origen, hacían nacer flores de su color madre. 

La mujer puso una expresión de ofensa, dirigió su mirada a la mano y le dijo molesta: 

-¿A eso era lo que tenías miedo? ¿Un apamate? Hazme el maldito favor. Y deberías saber que los nombres de los árboles no cambian, incluso en nuestro universo de origen. 

La mano comenzó a hacer rápidamente sus señales: La levantó primero de espaldas ocultando el pulgar y el dedo meñique en la palma; torció los dedos hacia la palma formando una media garra y desplegando su pulgar; hizo un puño pero sacó los dedos índice y medio y los torció entre ambos; señaló con su dedo índice hacia arriba mientras el resto los unía con el pulgar; unía el dedo índice y pulgar en círculo dejando a los demás sueltos; apuntaba al suelo con el dedo índice y medio en forma de V invertida dejando a los otros dedos cerrados como puño incompleto; hacia la forma de un puño pero sacaba levemente el pulgar hacia la superficie; mismo proceso que el de la V invertida pero esta vez usando los dedos índice, medio y anular; terminaba haciendo el proceso de la garra de nuevo. 

-De acuerdo, te perdono, pero la próxima vez, no estés recogiendo semillas que no te pertenecen cuando salgamos fuera en universos de los que no somos parte. La sangre que cae de tu interior desorganiza el orden natural de las cosas y éste es un caso. Seguramente habrá goteado algo de tu muñeca vendada en la semilla y lo pusiste dentro del ropero que, casualmente, tenía que materializarse dentro de esta cabaña que expulsaste de nuestro universo. 

Ella cerró la puerta de la cabaña y, diciendo unas palabras incomprensibles para el sistema fonético humano, la cabaña desapareció en un destello, lo cual dejó en su lugar una cantidad inexacta de madera y piedra aplanada en el suelo: La cabaña original. 

Unas pocas horas después, la mujer y la mano emergieron al mismo bosque y al mismo campo con pasto; todo estaba en blanco, negro y gris. 

-Hogar, dulce hogar. Oh, mira, ahí está la motosierra que usaba de niña para cortar árboles y con la cual me corté accidentalmente la mano izquierda y tú naciste. Esta cuestión del multiverso me agota, ¿A ti no?

sábado, 1 de junio de 2013

El mundo que no es

Sentado en la terraza del edificio que antiguamente albergaba al Hotel Alameda, ahora convertido en una fábrica de ensamblaje robótico, esperé unos minutos a que mi androide asistente trajera mi taza de té con manzanilla. Con ella en la mano, me levanté, puse mis codos en el barandal y me quedé mirando el escenario que tengo frente a mis ojos. 

El bullicio de gente apretándose los unos a los otros en, afortunadamente, la aún llamada Avenida Madero me causaba una cierta sensación de claustrofobia pero las directrices implantadas en mi corteza cerebral se hacían cargo de que tal cosa fuera eliminada inmediatamente y eso ya lucía normal. No sé adónde se dirigirán todos esos hombres y mujeres pero estoy seguro que todo se trata de algo económico. Quizás habrán de empeñar cosas, humanoides metálicos, objetos personales, órganos, ellos mismos, yo que sé. 

Veo la catedral, o lo queda de ella, y observo una fila de necesitados entrando a su interior. Todos ellos tienen injertos cibernéticos en alguna parte de su carne y hueso y seguramente han de buscar el medicamento que tanto necesitan para regular su ser. Yo no los necesito, de hecho, los implantes que tengo extrañamente los rechazan. Es como si lo que ya no es humano de mí hubieran aceptado mis células orgánicas como un todo armónico y coexistente. Y es aquí cuando me preguntó, ¿Habrá otros que no necesitan de ese… fármaco? No es que me sienta con suerte, es sólo que me siento decepcionado de que esto me ocurra. A estas alturas ya he vaciado el contenido de la taza. 

Una nueva directriz en mi cerebro me obliga a abandonar ese pensamiento y lo remplaza con algo más relajado según mis gustos personales. Abro un bolsillo del pantalón, y saco lo que hay dentro: es una memoria USB. La conecto en un puerto que tengo instalado en mi nuca y, como una computadora, le ordeno a mi cerebro que desactive esa función. La desconecto y me siento satisfecho de haberlo hecho. 

Mi androide asistente se dirige a mí y me dice: 

-¿Gusta otra taza de té con manzanilla, señor? 

Volteo, miro directamente a los ojos artificiales de la lata de metal que igualmente tiene postrada su mirada en mí. Le digo: 

-No, gracias. Voy a ir a dar una vuelta. Manda una orden a los trabajadores que saldrán temprano hoy. 
-Afirmativo –Dijo el androide mientras daba una media vuelta y se retiraba a cumplir dicha orden. 

El reglamento de seguridad de la fábrica decía que si alguien importante relacionado con la empresa salía del sitio, tenía que estar acompañado por custodios, que no son más que robots de 3 metros de altura. No me importa si tienen teletransportadores dentro donde personas como yo pueden trasladarse a donde se les pegue su regalada gana, yo quería adentrarme en la jungla de concreto y circuitos para despejar mi mente un rato. 

Mientras las grandotas bestias de metal me abrían paso por la multitud, que, por cierto, me miraban con asombro, yo simplemente miraba los edificios que tenía a mi izquierda, los popularmente llamados Portales. Todos los locales estaban cerrados, había restos de vehículos oxidados arrumbados a mí alrededor, una mujer que carecía de toda su cintura para abajo y se paraba con los brazos para caminar mientras dejaba colgado y zarandeaba su columna vertebral hecha de metal, un hombre con el rostro desfigurado que gritaba ceros y unos, y en general, a todos los que veía andaban vestidos con andrajos. 

Di un rápido vistazo a mi derecha donde alcancé a ver en el derruido quisco del otrora lugar conocida como Plaza de Armas un grupo de músicos tocando con sus liras una melodía, que pude comprobar con mi oído artificialmente aumentado, de tono deprimente. Mis ojos biónicos me informaron que ellos probablemente eran los únicos individuos que no tenían algún tipo de parte robótica en sus cuerpos, eran humanos puros. 

Me abrumé y me quedé pensando en eso por un rato hasta que me di cuenta que había llegado a una iglesia, un templo al que alguna vez se le refirió como “de las Monjas”. El edificio, arruinado en su fachada, está en su interior forrado con la más fina y alta tecnología de punta por su especialización en el campo de la criogenia, en otras palabras, la conservación de seres humanos para preservarlos por lustros, décadas, incluso siglos. 

Me identifiqué con los guardias de un ejército de seguridad demasiado disciplinado para acceder al lugar y me dejaron pasar sin problemas, a los robots no pero aunque ellos insistían en seguirme, decidí desactivarlos a ambos. El pensamiento de los músicos seguía triturando mi mente y el mero hecho de haber visto humanos me impactó tanto que, inconscientemente, quería ver aún más humanos… quería volverme a sentir como uno. Que horrible pensar que uno ha perdido su humanidad y ser más cosa que algo viviente, ¿Ha esto han llegado las cosas? ¿Ha esto han llegado los desesperados intentos de los científicos para alcanzar la miserable inmortalidad? Fue en este punto que me alegraba haber desactivado los movimientos cerebrales, esos traidores me habrían obligado a cambiar de opinión aquí y ahora. 

Pedí acceso para ver la colección que tenían de los humanos congelados. Caminé por un pasillo y los vi, en su gloria, sin ningún pedazo sintético envenenando sus figuras. Noté que respiraban, noté que estaban vivos, escuché los sonidos de alarma que comenzaron súbitamente a sonar mientras derramaba unas cuantas lágrimas ante la hermosura que había visto. 

Salí y me dijeron que mis trabajadores habían conseguido armas y habían venido por mí. Se hizo la revolución obrera y a mí no me importaba. Ya no más, ya estoy feliz de haber visto lo que vi. Ya podía conocer mi final en tranquilidad. 

Uno de los científicos se acercó y me dijo, con voz nerviosa: 

-Temo que tendrá que abandonar este edificio, señor. Es por el bienestar de la raza humana. Usted es más robot que humano, debe entenderlo. Lo siento. 
-No, ustedes hacen bien. Valladolid, antes Morelia, fue el comienzo y me disculpo por haber ayudado en matar al mundo con nuestras porquerías metálicas, ustedes serán la luz. Enorgullezcan a la madre Gea… resucítenla… y a lo que respire sin alteraciones. 

Me acerqué a la salida y lo primero que pude notar fue que se había despegado el edificio de la tierra y a mis espaldas, una voz femenina proveniente de los altavoces pronunciaba un conteo para un inminente salto de teletransportación. 

Me dejé caer y mi cabeza golpeó con el pavimento. Sentí que mi cuello se rompía pero no sentía dolor. Aun así, me quedé ahí tirado mientras la turba de enfurecidos trabajadores me atacaban con lo que tenían a la mano. Me cortaban con sus hachas y motosierras, me prendían fuego, encontraban los lugares que aún tenía de humano y me hacían sangrar. No me importaba, ya nada me importaba. Yo solamente sonreía mientras lograba observar como el antiguo templo de las Monjas, el inesperado centro de supervivencia humana, desaparecía en un resplandor lumínico que indicaba que ya se han trasladado a kilómetros de aquí. 

Un cuchillo atravesó mi ojo izquierdo, uno más hacia mi ojo derecho que me dejó ciego. Un tercero encajándose en mi frente… y después… después hubo paz.