Las y los soldados que participaron en el conflicto
por la supervivencia de su territorio tuvo como resultado un desastre tan
brutal que pondría de rodillas a todo lo que es clasificado como caótico. Sin
importar si hombres y mujeres se hubieran lanzado como toros hacia una matanza
en contra del flanco enemigo, tarde o temprano las consecuencias se harían
visibles.
El palacio de piedra y madera, los cuarteles generales
del líder del ejército triunfante, aquel al que le llaman el “Emperador”, había
sufrido mucho daño por los ataques de la oposición, pero era nada comparado con
lo que él sentía.
Al observar el campo de batalla desde el balcón de su
hogar, contempló los cadáveres de sus rivales expuestos a la intemperie. Sus
soldados, que denotaban de inmediato una expresión de disgusto, levantaban los
cuerpos y los arrojaban a una fosa común o los mandaban quemar al agruparlos en
montañas de carne. Ellos comprendían que estaban deshaciéndose de familias
enteras. El orden se volvía a restablecer, pero a un alto costo que tendría que
pagar la mente misma.
El Emperador se alejó del balcón y se acercó a un
individuo sentado en una silla y oscurecido en un rincón de su habitación. Se
arrodilló junto a él, bajó la cabeza, cerró los ojos, apretó los puños por unos
segundos y entonces se confesó.
-¿De qué sirve este éxito si no hay nada para
celebrar? Nadie de nosotros había matado a algún ser vivo antes pero teníamos
que hacerlo o estaríamos perdidos. Estoy seguro que lo entiendes, el instinto
nos hizo hacer lo que hicimos y ahora sufrimos por nuestros actos y quizás,
merecemos esto. Hemos hecho enojar a nuestras cabezas, ahora ella nos está
devolviendo el favor.
El líder accidentalmente golpeó una de las patas de la
silla donde se sentaba su anfitrión. Como una piedra, su cuerpo se azotó en el
suelo. No hubo quejas, únicamente un silencio sepulcral y perturbador. Él tuvo
que levantarlo para posicionarlo de nuevo en su asiento. Tras sacudir sus
manchas de polvo con un pañuelo, encendió un fósforo y prendió una vela
cercana, lo que le hizo revelar ante sus ojos, el error más grande que había
cometido. Si los soldados estaban en una situación de culpa horrible, su
emperador estaría en una postura peor.
-Oh, siento tanto que haya ocurrido esto. Te juro que
encontraré la manera para detener esto… si es necesario, te ataré y nunca más
tendré que preocuparme por tu caída. Lamento el accidente, de verdad, lo
lamento. Debí ser más rápido para ir por ti. No lo hice… fui lento, fui débil.
Perdóname no sólo por mi fracaso sino por haber arruinado a mis súbditos. Y ahora, me siento como un imbécil.
No pudimos encontrar… lo que te hace especial… y lo que me da propósito.
La luz reflejó el cuerpo y se reveló como un joven sin
cabeza. Un hijo que peleó junto a su padre en la guerra. Un hijo que no se
percató como un espadachín a caballo le cortaba su conexión con la vida y que
era inmediatamente derribado por un disparo de flecha al corazón. Un padre que
no tuvo piedad en masacrar a quien quedara de pie junto a su contingente. No
importando si eso significase matar a familias enteras en el proceso.
El Emperador, sollozando, se levantó débilmente y
lanzó un rugido de tristeza como nunca antes lo había hecho. Dirigió toda su
atención a los muebles cercanos y comenzó a destrozarlos a puño limpio. Un
guardia que había sido comisionado para proteger la habitación de su líder
escuchó los súbitos ruidos y entró para averiguar si podía ayudar en algo. Lo
único que sintió fue como su espada estaba a punto de ser desprendida de su
vaina y que sostuvo ante la insistencia furiosa de su jefe.
-Dame tu espada, caballero.
-No.
-¡Que me la des!
-¡Espere!
El líder, con un rápido movimiento, enterró la espada
directamente a los ojos del guardia. Aun llorando, se instaló en un punto en el
que pudiera ver a su hijo y guardia muertos a la vez. Se hincó y con la espada
aún en las manos, dirigió su punta hacia su torso.
-Lo siento tanto mi sirviente, pero con tu muerte te he
salvado de que te culpen cuando me hayan descubierto. A ti hijo, esta es mi
redención.
Y enterróse profundamente la espada y cayó igualmente
como una piedra al suelo. En sus últimos segundos de vida, vio a un extraño
granjero muy enflaquecido con una hoz sostenida en sus manos quien miraba
agachado al joven decapitado. Entonces, y sonriendo gentilmente, fijó su mirada
en el líder.
-No te preocupes. Todo va estar bien.
El Emperador cerró los ojos de forma permanente.