viernes, 7 de junio de 2013

Colores

La cabaña se mantenía silenciosa como siempre en una noche usual. Eso era normal, considerado su aislamiento de cualquier tipo de civilización existente. La enigmática fortaleza de madera sin color estaba rodeada por un extenso bosque pero cuyas cercanías eran dominadas con un campo verde la cual hacia destacar un camino despejado que se dirigía directamente hacia la entrada, como si todos y nadie fueran bienvenidos al mismo tiempo. 

Una mujer salía de entre la oscuridad a través de los árboles, con bolsa en mano y un cuchillo lleno de sangre sostenida con su boca. Caminó lentamente con sus pies desnudos mientras aplastaba el pasto a un lado del camino carente de verde. Cuando comenzó a moverse por tal sendero hasta llegar a las escalinatas de la cabaña, escuchó el sonido de un grillo y su característico sonido originado por la frotación de sus alas que le provocó un momento de tranquilidad. Abrió la puerta y luego la cerró por dentro. 

En plena negrura, ella dejó la bolsa y el cuchillo en el escritorio justo al lado de la entrada. Al encender la vela de la sala, que destilaba una luz opaca, miró el cuchillo y observó lo gris del arma y lo rojizo de la sangre que ya empezaba a secarse. Se miró en el espejo colgado de una pared y lo único que observaba eran únicamente tres colores: Blanco, negro y gris, mezclándose caóticamente este último con sus compañeros. 

Volvió a mirar al espejo y esta vez su atención no estaba fija en sí misma sino en la mano gigante, flotante, cercenada y carente de espectros coloridos que apuntaba con miedo a un ropero multicolor de una esquina del lugar. La mujer suspiró, se sentó en la silla del escritorio del aposento, puso su codo sobre el mueble, acercó su mano a su mejilla, inclinó la cabeza y tomó una postura de aburrimiento. Su mirada se quedó completamente puesta sobre la extraordinaria cosa y así se quedó por cinco minutos hasta que dijo: 

-Ese armatoste que obviamente le pertenece al universo de allá fuera, ¿Todavía sigues esperando a que algo en su interior ocurra? 

La enorme mano se movió y levantó el pulgar en señal de afirmación. Luego regresó a seguir señalando a su objetivo, esta vez con más fuerza que antes pero ahora teniendo temblores. La mujer volvió a tomar la palabra: 

-Hoy maté a tres conejos, fue lo único que encontré. Me los voy a comer en un momento. La cacería es buena en tiempos de holgazanería, tú sabes, además, me gusta la carne cruda. Hemos estado en este mundo por quien sabe cuánto tiempo y sé que si voy a una ciudad… bueno, digamos que todo y todos harán bum, así nada más. Como te dije, tenemos que volver a nuestro universo antes de que algún mortal en su precioso paraíso de concreto salga lastimado. Pero no podremos volver a nuestro hogar si tú no dejas de señalar ese cacharro forrado de colores de todo tipo. 

La mano procedió otra vez a moverse y agitó su dedo índice de un lado a otro significando un “no” como respuesta. Inmediatamente después siguió con su rutina. La mujer, fastidiada, cogió la bolsa y el cuchillo, se dirigió a la mesa de la sala, sacó los cadáveres de los conejos de la bolsa y comenzó a cortarlos en trocitos que iba tragando sin masticar uno a uno. 

Mientras el cuchillo en gris cortaba el pelaje amarillento cubierto por manchas marrones de la sangre seca, la sangre fresca y muy rojiza que aún quedaba dentro de sus cuerpos lentamente se desparramaba por la mesa, la cual estaba en blanco y negro. 

La mano flotante se agitó violentamente cuando, con sus dedos, golpeaba la pared para llamar la atención de su dueña. Ella observó el ropero y vio crecer desde adentro unas raíces purpuras que rodeaban y parecían estrangular al mueble. La mujer simplemente levantó una ceja expresando su sarcasmo y le preguntó a su acompañante: 

-¿Ya estás mejor? 

Como un cachorro aterrorizado, la mano gigante logró levantar el pulgar, a lo que ella respondió satisfactoriamente: 

-Bien. Por fin. 

Se acercó a la mano, le dio unas palmaditas para calmarlo, luego se dirigió al ropero enraizado, lo sujetó, lo levantó con su mano derecha como si nada de su posición, abrió la puerta de la cabaña usando nuevamente su mano derecha mientras levantaba el mueble con su brazo izquierdo y luego la arrojó con fiereza, lo que provocó que algunos árboles a lo lejos fueran derribados. 

La mano y su dueña observaron al contenedor de muchos colores cuyas raíces comenzaron a crecer una vez más, esta vez no sólo enterrándose en la tierra sino haciendo crecer un enorme tronco que comenzaba a tragarse a su huésped de madera. El tronco siguió creciendo hasta hacer saltar nuevas raíces que, púrpuras como su origen, hacían nacer flores de su color madre. 

La mujer puso una expresión de ofensa, dirigió su mirada a la mano y le dijo molesta: 

-¿A eso era lo que tenías miedo? ¿Un apamate? Hazme el maldito favor. Y deberías saber que los nombres de los árboles no cambian, incluso en nuestro universo de origen. 

La mano comenzó a hacer rápidamente sus señales: La levantó primero de espaldas ocultando el pulgar y el dedo meñique en la palma; torció los dedos hacia la palma formando una media garra y desplegando su pulgar; hizo un puño pero sacó los dedos índice y medio y los torció entre ambos; señaló con su dedo índice hacia arriba mientras el resto los unía con el pulgar; unía el dedo índice y pulgar en círculo dejando a los demás sueltos; apuntaba al suelo con el dedo índice y medio en forma de V invertida dejando a los otros dedos cerrados como puño incompleto; hacia la forma de un puño pero sacaba levemente el pulgar hacia la superficie; mismo proceso que el de la V invertida pero esta vez usando los dedos índice, medio y anular; terminaba haciendo el proceso de la garra de nuevo. 

-De acuerdo, te perdono, pero la próxima vez, no estés recogiendo semillas que no te pertenecen cuando salgamos fuera en universos de los que no somos parte. La sangre que cae de tu interior desorganiza el orden natural de las cosas y éste es un caso. Seguramente habrá goteado algo de tu muñeca vendada en la semilla y lo pusiste dentro del ropero que, casualmente, tenía que materializarse dentro de esta cabaña que expulsaste de nuestro universo. 

Ella cerró la puerta de la cabaña y, diciendo unas palabras incomprensibles para el sistema fonético humano, la cabaña desapareció en un destello, lo cual dejó en su lugar una cantidad inexacta de madera y piedra aplanada en el suelo: La cabaña original. 

Unas pocas horas después, la mujer y la mano emergieron al mismo bosque y al mismo campo con pasto; todo estaba en blanco, negro y gris. 

-Hogar, dulce hogar. Oh, mira, ahí está la motosierra que usaba de niña para cortar árboles y con la cual me corté accidentalmente la mano izquierda y tú naciste. Esta cuestión del multiverso me agota, ¿A ti no?

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