Sentado en la terraza del edificio que antiguamente albergaba al Hotel Alameda, ahora convertido en una fábrica de ensamblaje robótico, esperé unos minutos a que mi androide asistente trajera mi taza de té con manzanilla. Con ella en la mano, me levanté, puse mis codos en el barandal y me quedé mirando el escenario que tengo frente a mis ojos.
El bullicio de gente apretándose los unos a los otros en, afortunadamente, la aún llamada Avenida Madero me causaba una cierta sensación de claustrofobia pero las directrices implantadas en mi corteza cerebral se hacían cargo de que tal cosa fuera eliminada inmediatamente y eso ya lucía normal. No sé adónde se dirigirán todos esos hombres y mujeres pero estoy seguro que todo se trata de algo económico. Quizás habrán de empeñar cosas, humanoides metálicos, objetos personales, órganos, ellos mismos, yo que sé.
Veo la catedral, o lo queda de ella, y observo una fila de necesitados entrando a su interior. Todos ellos tienen injertos cibernéticos en alguna parte de su carne y hueso y seguramente han de buscar el medicamento que tanto necesitan para regular su ser. Yo no los necesito, de hecho, los implantes que tengo extrañamente los rechazan. Es como si lo que ya no es humano de mí hubieran aceptado mis células orgánicas como un todo armónico y coexistente. Y es aquí cuando me preguntó, ¿Habrá otros que no necesitan de ese… fármaco? No es que me sienta con suerte, es sólo que me siento decepcionado de que esto me ocurra. A estas alturas ya he vaciado el contenido de la taza.
Una nueva directriz en mi cerebro me obliga a abandonar ese pensamiento y lo remplaza con algo más relajado según mis gustos personales. Abro un bolsillo del pantalón, y saco lo que hay dentro: es una memoria USB. La conecto en un puerto que tengo instalado en mi nuca y, como una computadora, le ordeno a mi cerebro que desactive esa función. La desconecto y me siento satisfecho de haberlo hecho.
Mi androide asistente se dirige a mí y me dice:
-¿Gusta otra taza de té con manzanilla, señor?
Volteo, miro directamente a los ojos artificiales de la lata de metal que igualmente tiene postrada su mirada en mí. Le digo:
-No, gracias. Voy a ir a dar una vuelta. Manda una orden a los trabajadores que saldrán temprano hoy.
-Afirmativo –Dijo el androide mientras daba una media vuelta y se retiraba a cumplir dicha orden.
El reglamento de seguridad de la fábrica decía que si alguien importante relacionado con la empresa salía del sitio, tenía que estar acompañado por custodios, que no son más que robots de 3 metros de altura. No me importa si tienen teletransportadores dentro donde personas como yo pueden trasladarse a donde se les pegue su regalada gana, yo quería adentrarme en la jungla de concreto y circuitos para despejar mi mente un rato.
Mientras las grandotas bestias de metal me abrían paso por la multitud, que, por cierto, me miraban con asombro, yo simplemente miraba los edificios que tenía a mi izquierda, los popularmente llamados Portales. Todos los locales estaban cerrados, había restos de vehículos oxidados arrumbados a mí alrededor, una mujer que carecía de toda su cintura para abajo y se paraba con los brazos para caminar mientras dejaba colgado y zarandeaba su columna vertebral hecha de metal, un hombre con el rostro desfigurado que gritaba ceros y unos, y en general, a todos los que veía andaban vestidos con andrajos.
Di un rápido vistazo a mi derecha donde alcancé a ver en el derruido quisco del otrora lugar conocida como Plaza de Armas un grupo de músicos tocando con sus liras una melodía, que pude comprobar con mi oído artificialmente aumentado, de tono deprimente. Mis ojos biónicos me informaron que ellos probablemente eran los únicos individuos que no tenían algún tipo de parte robótica en sus cuerpos, eran humanos puros.
Me abrumé y me quedé pensando en eso por un rato hasta que me di cuenta que había llegado a una iglesia, un templo al que alguna vez se le refirió como “de las Monjas”. El edificio, arruinado en su fachada, está en su interior forrado con la más fina y alta tecnología de punta por su especialización en el campo de la criogenia, en otras palabras, la conservación de seres humanos para preservarlos por lustros, décadas, incluso siglos.
Me identifiqué con los guardias de un ejército de seguridad demasiado disciplinado para acceder al lugar y me dejaron pasar sin problemas, a los robots no pero aunque ellos insistían en seguirme, decidí desactivarlos a ambos. El pensamiento de los músicos seguía triturando mi mente y el mero hecho de haber visto humanos me impactó tanto que, inconscientemente, quería ver aún más humanos… quería volverme a sentir como uno. Que horrible pensar que uno ha perdido su humanidad y ser más cosa que algo viviente, ¿Ha esto han llegado las cosas? ¿Ha esto han llegado los desesperados intentos de los científicos para alcanzar la miserable inmortalidad? Fue en este punto que me alegraba haber desactivado los movimientos cerebrales, esos traidores me habrían obligado a cambiar de opinión aquí y ahora.
Pedí acceso para ver la colección que tenían de los humanos congelados. Caminé por un pasillo y los vi, en su gloria, sin ningún pedazo sintético envenenando sus figuras. Noté que respiraban, noté que estaban vivos, escuché los sonidos de alarma que comenzaron súbitamente a sonar mientras derramaba unas cuantas lágrimas ante la hermosura que había visto.
Salí y me dijeron que mis trabajadores habían conseguido armas y habían venido por mí. Se hizo la revolución obrera y a mí no me importaba. Ya no más, ya estoy feliz de haber visto lo que vi. Ya podía conocer mi final en tranquilidad.
Uno de los científicos se acercó y me dijo, con voz nerviosa:
-Temo que tendrá que abandonar este edificio, señor. Es por el bienestar de la raza humana. Usted es más robot que humano, debe entenderlo. Lo siento.
-No, ustedes hacen bien. Valladolid, antes Morelia, fue el comienzo y me disculpo por haber ayudado en matar al mundo con nuestras porquerías metálicas, ustedes serán la luz. Enorgullezcan a la madre Gea… resucítenla… y a lo que respire sin alteraciones.
Me acerqué a la salida y lo primero que pude notar fue que se había despegado el edificio de la tierra y a mis espaldas, una voz femenina proveniente de los altavoces pronunciaba un conteo para un inminente salto de teletransportación.
Me dejé caer y mi cabeza golpeó con el pavimento. Sentí que mi cuello se rompía pero no sentía dolor. Aun así, me quedé ahí tirado mientras la turba de enfurecidos trabajadores me atacaban con lo que tenían a la mano. Me cortaban con sus hachas y motosierras, me prendían fuego, encontraban los lugares que aún tenía de humano y me hacían sangrar. No me importaba, ya nada me importaba. Yo solamente sonreía mientras lograba observar como el antiguo templo de las Monjas, el inesperado centro de supervivencia humana, desaparecía en un resplandor lumínico que indicaba que ya se han trasladado a kilómetros de aquí.
Un cuchillo atravesó mi ojo izquierdo, uno más hacia mi ojo derecho que me dejó ciego. Un tercero encajándose en mi frente… y después… después hubo paz.
Me parece excelente el post, aunque como me dijo el Porta una vez, ese fondo negro con texto blanco me deja casi ciego xD
ResponderEliminarSaludos gente!