viernes, 7 de junio de 2013

Colores

La cabaña se mantenía silenciosa como siempre en una noche usual. Eso era normal, considerado su aislamiento de cualquier tipo de civilización existente. La enigmática fortaleza de madera sin color estaba rodeada por un extenso bosque pero cuyas cercanías eran dominadas con un campo verde la cual hacia destacar un camino despejado que se dirigía directamente hacia la entrada, como si todos y nadie fueran bienvenidos al mismo tiempo. 

Una mujer salía de entre la oscuridad a través de los árboles, con bolsa en mano y un cuchillo lleno de sangre sostenida con su boca. Caminó lentamente con sus pies desnudos mientras aplastaba el pasto a un lado del camino carente de verde. Cuando comenzó a moverse por tal sendero hasta llegar a las escalinatas de la cabaña, escuchó el sonido de un grillo y su característico sonido originado por la frotación de sus alas que le provocó un momento de tranquilidad. Abrió la puerta y luego la cerró por dentro. 

En plena negrura, ella dejó la bolsa y el cuchillo en el escritorio justo al lado de la entrada. Al encender la vela de la sala, que destilaba una luz opaca, miró el cuchillo y observó lo gris del arma y lo rojizo de la sangre que ya empezaba a secarse. Se miró en el espejo colgado de una pared y lo único que observaba eran únicamente tres colores: Blanco, negro y gris, mezclándose caóticamente este último con sus compañeros. 

Volvió a mirar al espejo y esta vez su atención no estaba fija en sí misma sino en la mano gigante, flotante, cercenada y carente de espectros coloridos que apuntaba con miedo a un ropero multicolor de una esquina del lugar. La mujer suspiró, se sentó en la silla del escritorio del aposento, puso su codo sobre el mueble, acercó su mano a su mejilla, inclinó la cabeza y tomó una postura de aburrimiento. Su mirada se quedó completamente puesta sobre la extraordinaria cosa y así se quedó por cinco minutos hasta que dijo: 

-Ese armatoste que obviamente le pertenece al universo de allá fuera, ¿Todavía sigues esperando a que algo en su interior ocurra? 

La enorme mano se movió y levantó el pulgar en señal de afirmación. Luego regresó a seguir señalando a su objetivo, esta vez con más fuerza que antes pero ahora teniendo temblores. La mujer volvió a tomar la palabra: 

-Hoy maté a tres conejos, fue lo único que encontré. Me los voy a comer en un momento. La cacería es buena en tiempos de holgazanería, tú sabes, además, me gusta la carne cruda. Hemos estado en este mundo por quien sabe cuánto tiempo y sé que si voy a una ciudad… bueno, digamos que todo y todos harán bum, así nada más. Como te dije, tenemos que volver a nuestro universo antes de que algún mortal en su precioso paraíso de concreto salga lastimado. Pero no podremos volver a nuestro hogar si tú no dejas de señalar ese cacharro forrado de colores de todo tipo. 

La mano procedió otra vez a moverse y agitó su dedo índice de un lado a otro significando un “no” como respuesta. Inmediatamente después siguió con su rutina. La mujer, fastidiada, cogió la bolsa y el cuchillo, se dirigió a la mesa de la sala, sacó los cadáveres de los conejos de la bolsa y comenzó a cortarlos en trocitos que iba tragando sin masticar uno a uno. 

Mientras el cuchillo en gris cortaba el pelaje amarillento cubierto por manchas marrones de la sangre seca, la sangre fresca y muy rojiza que aún quedaba dentro de sus cuerpos lentamente se desparramaba por la mesa, la cual estaba en blanco y negro. 

La mano flotante se agitó violentamente cuando, con sus dedos, golpeaba la pared para llamar la atención de su dueña. Ella observó el ropero y vio crecer desde adentro unas raíces purpuras que rodeaban y parecían estrangular al mueble. La mujer simplemente levantó una ceja expresando su sarcasmo y le preguntó a su acompañante: 

-¿Ya estás mejor? 

Como un cachorro aterrorizado, la mano gigante logró levantar el pulgar, a lo que ella respondió satisfactoriamente: 

-Bien. Por fin. 

Se acercó a la mano, le dio unas palmaditas para calmarlo, luego se dirigió al ropero enraizado, lo sujetó, lo levantó con su mano derecha como si nada de su posición, abrió la puerta de la cabaña usando nuevamente su mano derecha mientras levantaba el mueble con su brazo izquierdo y luego la arrojó con fiereza, lo que provocó que algunos árboles a lo lejos fueran derribados. 

La mano y su dueña observaron al contenedor de muchos colores cuyas raíces comenzaron a crecer una vez más, esta vez no sólo enterrándose en la tierra sino haciendo crecer un enorme tronco que comenzaba a tragarse a su huésped de madera. El tronco siguió creciendo hasta hacer saltar nuevas raíces que, púrpuras como su origen, hacían nacer flores de su color madre. 

La mujer puso una expresión de ofensa, dirigió su mirada a la mano y le dijo molesta: 

-¿A eso era lo que tenías miedo? ¿Un apamate? Hazme el maldito favor. Y deberías saber que los nombres de los árboles no cambian, incluso en nuestro universo de origen. 

La mano comenzó a hacer rápidamente sus señales: La levantó primero de espaldas ocultando el pulgar y el dedo meñique en la palma; torció los dedos hacia la palma formando una media garra y desplegando su pulgar; hizo un puño pero sacó los dedos índice y medio y los torció entre ambos; señaló con su dedo índice hacia arriba mientras el resto los unía con el pulgar; unía el dedo índice y pulgar en círculo dejando a los demás sueltos; apuntaba al suelo con el dedo índice y medio en forma de V invertida dejando a los otros dedos cerrados como puño incompleto; hacia la forma de un puño pero sacaba levemente el pulgar hacia la superficie; mismo proceso que el de la V invertida pero esta vez usando los dedos índice, medio y anular; terminaba haciendo el proceso de la garra de nuevo. 

-De acuerdo, te perdono, pero la próxima vez, no estés recogiendo semillas que no te pertenecen cuando salgamos fuera en universos de los que no somos parte. La sangre que cae de tu interior desorganiza el orden natural de las cosas y éste es un caso. Seguramente habrá goteado algo de tu muñeca vendada en la semilla y lo pusiste dentro del ropero que, casualmente, tenía que materializarse dentro de esta cabaña que expulsaste de nuestro universo. 

Ella cerró la puerta de la cabaña y, diciendo unas palabras incomprensibles para el sistema fonético humano, la cabaña desapareció en un destello, lo cual dejó en su lugar una cantidad inexacta de madera y piedra aplanada en el suelo: La cabaña original. 

Unas pocas horas después, la mujer y la mano emergieron al mismo bosque y al mismo campo con pasto; todo estaba en blanco, negro y gris. 

-Hogar, dulce hogar. Oh, mira, ahí está la motosierra que usaba de niña para cortar árboles y con la cual me corté accidentalmente la mano izquierda y tú naciste. Esta cuestión del multiverso me agota, ¿A ti no?

sábado, 1 de junio de 2013

El mundo que no es

Sentado en la terraza del edificio que antiguamente albergaba al Hotel Alameda, ahora convertido en una fábrica de ensamblaje robótico, esperé unos minutos a que mi androide asistente trajera mi taza de té con manzanilla. Con ella en la mano, me levanté, puse mis codos en el barandal y me quedé mirando el escenario que tengo frente a mis ojos. 

El bullicio de gente apretándose los unos a los otros en, afortunadamente, la aún llamada Avenida Madero me causaba una cierta sensación de claustrofobia pero las directrices implantadas en mi corteza cerebral se hacían cargo de que tal cosa fuera eliminada inmediatamente y eso ya lucía normal. No sé adónde se dirigirán todos esos hombres y mujeres pero estoy seguro que todo se trata de algo económico. Quizás habrán de empeñar cosas, humanoides metálicos, objetos personales, órganos, ellos mismos, yo que sé. 

Veo la catedral, o lo queda de ella, y observo una fila de necesitados entrando a su interior. Todos ellos tienen injertos cibernéticos en alguna parte de su carne y hueso y seguramente han de buscar el medicamento que tanto necesitan para regular su ser. Yo no los necesito, de hecho, los implantes que tengo extrañamente los rechazan. Es como si lo que ya no es humano de mí hubieran aceptado mis células orgánicas como un todo armónico y coexistente. Y es aquí cuando me preguntó, ¿Habrá otros que no necesitan de ese… fármaco? No es que me sienta con suerte, es sólo que me siento decepcionado de que esto me ocurra. A estas alturas ya he vaciado el contenido de la taza. 

Una nueva directriz en mi cerebro me obliga a abandonar ese pensamiento y lo remplaza con algo más relajado según mis gustos personales. Abro un bolsillo del pantalón, y saco lo que hay dentro: es una memoria USB. La conecto en un puerto que tengo instalado en mi nuca y, como una computadora, le ordeno a mi cerebro que desactive esa función. La desconecto y me siento satisfecho de haberlo hecho. 

Mi androide asistente se dirige a mí y me dice: 

-¿Gusta otra taza de té con manzanilla, señor? 

Volteo, miro directamente a los ojos artificiales de la lata de metal que igualmente tiene postrada su mirada en mí. Le digo: 

-No, gracias. Voy a ir a dar una vuelta. Manda una orden a los trabajadores que saldrán temprano hoy. 
-Afirmativo –Dijo el androide mientras daba una media vuelta y se retiraba a cumplir dicha orden. 

El reglamento de seguridad de la fábrica decía que si alguien importante relacionado con la empresa salía del sitio, tenía que estar acompañado por custodios, que no son más que robots de 3 metros de altura. No me importa si tienen teletransportadores dentro donde personas como yo pueden trasladarse a donde se les pegue su regalada gana, yo quería adentrarme en la jungla de concreto y circuitos para despejar mi mente un rato. 

Mientras las grandotas bestias de metal me abrían paso por la multitud, que, por cierto, me miraban con asombro, yo simplemente miraba los edificios que tenía a mi izquierda, los popularmente llamados Portales. Todos los locales estaban cerrados, había restos de vehículos oxidados arrumbados a mí alrededor, una mujer que carecía de toda su cintura para abajo y se paraba con los brazos para caminar mientras dejaba colgado y zarandeaba su columna vertebral hecha de metal, un hombre con el rostro desfigurado que gritaba ceros y unos, y en general, a todos los que veía andaban vestidos con andrajos. 

Di un rápido vistazo a mi derecha donde alcancé a ver en el derruido quisco del otrora lugar conocida como Plaza de Armas un grupo de músicos tocando con sus liras una melodía, que pude comprobar con mi oído artificialmente aumentado, de tono deprimente. Mis ojos biónicos me informaron que ellos probablemente eran los únicos individuos que no tenían algún tipo de parte robótica en sus cuerpos, eran humanos puros. 

Me abrumé y me quedé pensando en eso por un rato hasta que me di cuenta que había llegado a una iglesia, un templo al que alguna vez se le refirió como “de las Monjas”. El edificio, arruinado en su fachada, está en su interior forrado con la más fina y alta tecnología de punta por su especialización en el campo de la criogenia, en otras palabras, la conservación de seres humanos para preservarlos por lustros, décadas, incluso siglos. 

Me identifiqué con los guardias de un ejército de seguridad demasiado disciplinado para acceder al lugar y me dejaron pasar sin problemas, a los robots no pero aunque ellos insistían en seguirme, decidí desactivarlos a ambos. El pensamiento de los músicos seguía triturando mi mente y el mero hecho de haber visto humanos me impactó tanto que, inconscientemente, quería ver aún más humanos… quería volverme a sentir como uno. Que horrible pensar que uno ha perdido su humanidad y ser más cosa que algo viviente, ¿Ha esto han llegado las cosas? ¿Ha esto han llegado los desesperados intentos de los científicos para alcanzar la miserable inmortalidad? Fue en este punto que me alegraba haber desactivado los movimientos cerebrales, esos traidores me habrían obligado a cambiar de opinión aquí y ahora. 

Pedí acceso para ver la colección que tenían de los humanos congelados. Caminé por un pasillo y los vi, en su gloria, sin ningún pedazo sintético envenenando sus figuras. Noté que respiraban, noté que estaban vivos, escuché los sonidos de alarma que comenzaron súbitamente a sonar mientras derramaba unas cuantas lágrimas ante la hermosura que había visto. 

Salí y me dijeron que mis trabajadores habían conseguido armas y habían venido por mí. Se hizo la revolución obrera y a mí no me importaba. Ya no más, ya estoy feliz de haber visto lo que vi. Ya podía conocer mi final en tranquilidad. 

Uno de los científicos se acercó y me dijo, con voz nerviosa: 

-Temo que tendrá que abandonar este edificio, señor. Es por el bienestar de la raza humana. Usted es más robot que humano, debe entenderlo. Lo siento. 
-No, ustedes hacen bien. Valladolid, antes Morelia, fue el comienzo y me disculpo por haber ayudado en matar al mundo con nuestras porquerías metálicas, ustedes serán la luz. Enorgullezcan a la madre Gea… resucítenla… y a lo que respire sin alteraciones. 

Me acerqué a la salida y lo primero que pude notar fue que se había despegado el edificio de la tierra y a mis espaldas, una voz femenina proveniente de los altavoces pronunciaba un conteo para un inminente salto de teletransportación. 

Me dejé caer y mi cabeza golpeó con el pavimento. Sentí que mi cuello se rompía pero no sentía dolor. Aun así, me quedé ahí tirado mientras la turba de enfurecidos trabajadores me atacaban con lo que tenían a la mano. Me cortaban con sus hachas y motosierras, me prendían fuego, encontraban los lugares que aún tenía de humano y me hacían sangrar. No me importaba, ya nada me importaba. Yo solamente sonreía mientras lograba observar como el antiguo templo de las Monjas, el inesperado centro de supervivencia humana, desaparecía en un resplandor lumínico que indicaba que ya se han trasladado a kilómetros de aquí. 

Un cuchillo atravesó mi ojo izquierdo, uno más hacia mi ojo derecho que me dejó ciego. Un tercero encajándose en mi frente… y después… después hubo paz.

viernes, 31 de mayo de 2013

El Mercenario Redimido

El viaje había sido largo, cansado y frustrante pero por fin me hallaba en los rincones profundos de la tranquilidad mientras me cobijaba en una paz inusual al observar a través del pequeño vitral de esta capsula espacial mi planeta natal. Mi mente divagaba en fragmentos de una agenda mental que había preparado al momento de llegar a casa, tenía tantas cosas en la cabeza que no me decidía por realizar una. Sin embargo, sabía que mi prioridad por ahora seria llegar a mi hogar donde él estaría esperando. 

Y fue a partir de ese preciso momento cuando mi mente comenzó a llenarse de recuerdos sobre el sujeto que me estaría esperando en mi casa. El tipo no es como los otros típicos individuos que simplemente van por su contrato y se van sin decir palabra alguna a su benefactor. No, él primero pregunta si el contrato es confiable y luego se retira con su mente sin remordimiento de culpa. El siempre quiere estar seguro de que lo que lo que está en esos mugrosos papeles es correcto, sino… bueno, cosas muy negativas suelen ocurrir.

Nuestro trabajo es muy delicado y por supuesto que conseguir contratos alrededor de la galaxia es… complicado. Algunos de los benefactores que hemos conocido nos respetan e incluso, nos aumentan el sueldo de nuestra labor si logramos superar las misiones encomendadas con tal éxito que todo aquel que lo haya intentado en el pasado se muera de vergüenza y jamás quisiera tener presencia física sobre el lugar hasta el fin de los tiempos. Pero hay de otros benefactores que simplemente ya ni nos quieren ver, se petrifican de miedo con tan solo vernos y solo nos gritan y nos restriegan la puerta en nuestras narices. A esos ingratos no los puedo culpar, a veces hay situaciones que se ponen fuera de control y tenemos que… tomar medidas extremas, casi intolerables. Pero al final del día, recibimos nuestra paga y eso, eso es lo mejor que nos puede pasar en nuestra labor. 

Mi compañero me ha dicho una y otra vez sobre mi problema con el dinero, dice que soy un tacaño malagradecido, que solamente estoy trabajando exclusivamente con él para hacer de las misiones más fáciles y tener un aumento más rápido y efectivo. Quizá mi situación sea un hecho pero, ¿Qué acaso no soy yo el que tiene que controlar sus inesperados ataques de ira para que no mate a alguien en el proceso? Queramos o no, tenemos un vínculo de camaradería muy envidiable entre los otros sujetos que también están metidos hasta la médula con cualquier trabajo con el que sean asignados. Después de todo, si algo que los de nuestro campo obtenemos es estrés, fatiga, cansancio, desesperación y ganas de que todo el pandemonio se termine al instante por lo duro que pueden ser algunas misiones. Es por eso que estas operaciones no son para todos y como nosotros, que tan acostumbrados estamos a realizar trabajos a cargo de cualquier sujeto adinerado que nos encontremos por ahí, que solicite nuestros servicios para realizar tareas incluso hasta los lados más oscuros de este efímero cuerpo cósmico y que nos dé al final del día el sueldo necesario para vivir otro mes más… eso ya es algo. 

Finalmente penetré la atmósfera del planeta, fue una movida turbulenta pero apenas lo sentí sabiendo que para cuando ya lo había hecho ya estaba observando los tejados de los edificios que estaban en la superficie. La ciudad entera estaba siendo golpeada delicadamente por las miles de millones de gotas de agua que caían del cielo bajo la oculta mirada de una noche cautivadora. Aterricé sobre el tejado de mi casa y lentamente descendí de la capsula espacial por unas escalerillas que se desplegaban enfrente de la entrada principal. Detrás de mi escuchaba el sonido de las escalerillas compactándose y ocultándose en su abertura bajo la puerta, la cual se comenzaba a cerrar. Seguido de esto y para evitar la mirada de los vecinos chismosos que quisieran curiosear por las ventanas cercanas, sujeté la capsula con ambos brazos y haciendo un tremendo esfuerzo, lo arrojé hacia el otro lado de la ciudad. Después de eso caminé hacia la puerta del tejado cruzando los charcos que se habían formado en el suelo mientras las gotas se estrellaban y explotaban moderadamente sobre mi cabeza y mis hombros. 

Descendí cuidadosamente por las escaleras tras atravesar la puerta mientras mis ojos se ajustaban poco a poco a la penetrante oscuridad de la habitación. A lo lejos noté, bajo una segunda puerta, el brillo de luz que se filtraba por ahí, a la vez de iluminar levemente el claustrofóbico pasillo que rodeaba la puerta. 

Sabía que debía dirigirme hacia esa puerta pero algo me detuvo al momento de dirigirme hacia allá. Sentí un dolor menor pero irritante en mi frente lo que me obligo a encender la luz de la habitación para mirar en el espejo más cercano que encontré, la herida que anteriormente había sido suturada. Sanar la herida fue un trabajo sencillo dado que a 4 centímetros a mi derecha estaba un regenerador celular, un delgado aparato cilíndrico cuyo material externo es similar al acero. Dejé pasar el cilindro por la herida y en un instante ya había desaparecido. Estaba listo para partir a la puerta luminosa no sin antes detenerme a observar brevemente en el mismo espejo mi rostro de reptil. 

Para cuando abrí la puerta, el ambiente había cambiado radicalmente. De haber estado en una habitación de concreto, me encontraba ahora en una enorme sala cuyas paredes, suelo y techo estaban forrados de metal. El fondo de esta sala tenía un aspecto congelante y no dudaba de dicho aspecto dado que mi compañero permanecía paciente a mi llegada. Mientras más cerca me aproximaba, también note la presencia de una segunda figura. Ella vestía el usual atuendo de un mercenario veterano: Pantalones andrajosos, un chaleco que parecía haber resistido por cuatro guerras consecutivas, una gabardina completamente sucia, unas botas negras mugrosas y llenas de polvo y algo que contrastaba con el resto, un curioso sombrero fino de copa alta. La diferencia entre ella, yo y mi compañero es que ella posee altos conocimientos en medicina. 

-Buenas noches doctora, ¿Cómo se encuentra el grandote? 
-Estará bien. Reconstruir sus miembros perdidos y las heridas de su torso fue la parte fácil. La parte difícil fue tratar de regenerar su rostro. Tuve que… improvisar esto último. –Respondió mientras examinaba una tomografía del cráneo de mi compañero. 

Me acerqué a la enorme capsula en la cual Uvzoel, mi compañero, reposaba. Observé su rostro momentáneamente y lo que vi fue algo perturbador pero también satisfactorio. A decir verdad, la doctora Tvawoa había hecho un buen trabajo en reconstruirle su cara, sin embargo, lo único de lo que él carecía era prácticamente la piel alrededor de la boca. 

-Tuve que realizar unas modificaciones para que su mandíbula funcionara en perfectas condiciones –Me decía con mucha tranquilidad-. Sustituí la carne maltrecha alrededor de su boca por injertos cibernéticos para sustituir las funciones del habla que corresponderían a sus labios, tuve que sacrificar la piel para que tal acción tuviera un resultado positivo. 

Para cuando lo dijo, ella comenzó a retirar las puertas de la capsula para notar el cambio tan radical a la que había sido expuesto Uvzoel para salvar su agonizante vida. Sus brazos eran ahora robóticos, al igual que toda su pierna derecha y una gran parte de su tórax. 

-Como te dije camarada –Me continúo diciendo-, hubo de partes fáciles a difíciles en la reconstrucción de tu amigo. Parte de su tórax perdido fue, de hecho, la parte más complicada de trabajar. No sabes cuánto tiempo me tomo buscar los injertos cibernéticos más optativos para que no tuvieran problemas a la hora de trabajar con los órganos internos que no habían sido dañados. 
-¿De cuánto daño estamos hablando? –Pregunté. 
-Uvzoel básicamente perdió de la parte baja de su cuerpo todo el intestino delgado, el intestino grueso, el páncreas, parte de su pulmón izquierdo y la mayoría de sus costillas. Aunque logre salvar el hígado y el estomago, el resto se perdió. 

Estaba escuchando con atención lo último que me estaba diciendo la doctora pero no nos percatamos cuando súbitamente, mi compañero se levantó pronunciando un rugido tenebroso. Era como si un leviatán despertara tras siglos encerrado en una jaula sin poder moverse más que escuchar todo lo que acontecía alrededor. 

Uvzoel se sacudió como un enloquecido animal, sujetándose la cabeza y gritando desenfrenadamente frases sin lógica alguna. No fue hasta que Tvawoa hizo caer a mi compañero al suelo tirándole un tubo de metal por los pies, yo rápidamente lo sujete por los brazos mientras se agitaba tremendamente. Entonces le grité para hacerlo entrar en razón: “¡Cálmate! ¡Cálmate de una buena vez!” 

Mis intentos de regresarlo en sí fracasaron pero unos pocos segundos después desvió mi mirada directamente a mis pupilas verticales. El se petrificó de inmediato y me reconoció al igual que a la doctora. Se levanto rápidamente con un leve escalofrió, un poco confundido y llevándose varias veces las manos a los ojos en señal de vergüenza. 

-Lamento todo esto –Decía Uvzoel yaciendo recargado en una silla cercana-, yo apenas puedo asimilar que no soy el de antes. 
-No te preocupes –Respondió Tvawoa-, es normal que sucedan este tipo de casos con mis pacientes y tú no eres la excepción. De hecho, eres demasiado afortunado de no haber perecido en aquella explosión, cualquiera podría haber muerto con lo que te lanzaron, pero tú no. 
-Estoy… no se… apenas puedo recordar lo que sucedió en Tralya, solo sé que estábamos yo, mi camarada y tú cuando nos emboscaron esos malnacidos. De pronto, me cegó la ira y en mi desquiciado frenesí, creo que sentí varios objetos insólitos saltándome en la cara. Y fue ahí cuando sentí la explosión. ¿Por qué algo me dice que fracasamos al cumplir esa misión? 
-De hecho camarada –Tomé la palabra-, la misión fue un éxito… hasta cierto punto, claro está. Fuiste el más dañado, de eso no hay duda y tuve que decirle a Tvawoa que se fuera contigo para que pudiera curarte aquí. Y es más, si se te apetece, puedo refrescarte la memoria para ponerte al tanto de lo que sucedió exactamente allá. 

Uvzoel asintió.

Hace no mucho que sucedió. Luego de cumplir con sorprendente éxito una misión acerca de sabotear una estación minera de un empresario corrupto en el planeta Ermlhann, nuestro financiador en turno, Leb’gha, nos encargó una nueva misión para poder obtener las ganancias finales de nuestro trabajo. Esta misión, que complementaba con la anterior, estaba calificada como “casi imposible”, un suicidio de hecho. Honestamente, ese tipo de etiquetas poco nos importan ya que una vez incluso cazamos a un delincuente elemental por la superficie del Sol… dudaba mucho que lográsemos fracasar en esta labor. Pero pronto me di cuenta que no todo es lo que aparenta dado que este trabajo iba a retar nuestras habilidades como mercenarios en mucho tiempo y mi compañero pagaría el precio de cuan complicado se tornó todo el asunto. 

Leb’gha nos envió al planeta Tralya para destruir un laboratorio donde se fabricaban armas que tenían mucho que ver con la desintegración celular. Dado que fuimos totalmente responsables del colapso del sistema minero en Ermlhann, la compañía clandestina que se dedicaba a esas acciones no solo se tuvo que conformar con los minerales que aún tenía en su poder para producir una fabricación en masa de armas biológicas sino que también, nos señaló como aquellos objetivos que tendrían que ser eliminados no importando lo que suceda alrededor. 

Nuestro contacto fue obviamente Tvawoa al momento de llegar a aquel mundo señalado por nuestro financiador. La doctora nos había dicho que se había infiltrado en la compañía minera, ya de por sí moribunda en ese momento, para investigar los actos inusuales y exageradamente ortodoxos que se realizaban en aquel lugar. El ejército al mando de la compañía había obligado a los habitantes cercanos a sus cuarteles generales a trabajar como esclavos en la producción de las armas. Tvawoa ayudaba en cualquier momento en lo que se podía sin alertar a la seguridad del edificio a las pobres almas fatigadas de tanto trabajo al que eran expuestos. Con la documentación que obtuvo de la zona, escapó no sin antes de hacer volar en pedazos el bunker militar donde se alojaban los soldados leales a la compañía. 

La realidad era que no sólo la compañía quería ver muerta a la doctora sino también a mí y a Uvzoel por lo que hicimos con su sistema minero. En fin, gracias a la información recabada por Tvawoa, nos dirigimos los tres sigilosamente hacia los cuarteles generales y de ahí a colocar explosivos en el laboratorio y en los cimientos del edificio para derrumbar todo al mismo tiempo. También nos aseguramos de dejar fuera de combate a cualquier curioso que osase alertar a los otros y liberar a cuanto esclavo veíamos. Por si no fuera poco, también colocamos un explosivo especial dentro del pequeño complejo dedicado a la fabricación de armas biológicas; para cuando el explosivo detonase, un reacción en cadena dentro de su estructura absorbería todo dentro de su ser para expulsarla en otra dimensión y que allá las armas se pudrieran sin tener efecto alguno en el espacio… ese explosivo especial era básicamente un micro agujero negro. 

Hicimos todo de acuerdo al plan, ocultando los explosivos en lugares que ni los propios empleados corruptos de la compañía ni los soldados descubrirían. Para ese momento, la cantidad de esclavos era prácticamente nula y por lógicas razones, nosotros ya estábamos en la mira de los cuerpos de seguridad. Sin perder tiempo, hicimos detonar el primer cuerpo de explosivos que consumió el laboratorio dejándolo en la completa ruina, en otras palabras, era precisamente ahí donde los últimos minerales extraídos de Ermlhann reposaban. 

Con esa acción acabábamos de poner los primeros clavos a la tumba de la compañía pero aún faltaba hacer colapsar el edificio, destruir la fábrica de armas y de paso, tirarle por completo el negocio a Qalgk, el empresario corrupto a cargo del sistema minero que colapsamos y que aparte, fungía como el presidente ejecutivo de la compañía. Tvawoa y Uvzoel se hicieron cargo de borrar del mapa a muchos de nuestros perseguidores, la mayoría de ellos androides. Yo, mientras tanto, me dirigía a la oficina de Qalgk a hacerme cargo de él. 

Mis compañeros me informaban sobre sus progresos de dejar limpio el edificio antes de destruirlo todo. Sin demorarlo más, hice detonar el explosivo especial que coloqué en la fábrica de armas y en un abrir y cerrar de ojos, ya se había literalmente tragado todo dejando un fantasmal aspecto del sitio y un silencio extraño pero satisfactorio. Luego de que Uvzoel me confirmó el exterminio de la fábrica, embestí agresivamente la puerta de la oficina y lo primero que note fue un altar dedicado a una extraña mascara que parecía como si hubiera sido piel removida de la cabeza de alguien. 

Junto al altar estaba orando un misterioso individuo con un demacrado aspecto por la túnica purpura y mal cuidada que vestía. Observé que mientras tranquilamente decía sus incomprensibles cánticos religiosos, éste sostenía con más y mas fuerza el extraño octágono oscuro tridimensional que poseía entre sus manos. De repente dejó de orar y dirigió su mirada hacia la mía, al mismo tiempo de que yo abría de par en par mis ojos para observar con detalle su rostro. No tarde mucho en darme cuenta que la máscara a la cual le estaba rindiendo tributo era su propia cara, los rasgos faciales de Qalgk mismo.

-¿Quieres matarme? –Comenzó a hablar con su perturbadora y delicada voz.- Adelante… hazlo. Recuerda que si te atreves a hacerlo, condenarás a este mundo al mismo destino. Mi industria podrá haber muerto pero no la abandonaré, no mientras tenga esto en mi haber. 

Volví a observar su octágono tridimensional y con horror descubrí que se trataba de un “Aniquilador de mundos”. El enloquecido empresario estaba hablando en serio: Quería suicidarse y llevarse todo el planeta consigo. Sin titubear mas, Qalgk activó el artefacto y empezó a reír como un histérico enfermo. 

Inmediatamente me alejé lo más que pude de esa habitación al tiempo de intentar contactar a mis compañeros… fue inútil, nadie contestó a mi llamado. Debido a eso, tuve que regresar al punto en donde los vi por última vez pero solo pude localizar a Tvawoa en un pasillo bastante ancho combatiendo a un leviatán mecánico. Juntos lo derribamos, no sin antes de que el gran robot me tumbara al suelo luego del fuerte mazazo que me propino en la cabeza.

Yo estaba debilitado, con un poco de sangre escurriéndome de la frente, pero la doctora me ayudó a incorporarme y a curarme tras suturar la herida mientras le informaba al tanto de la situación. Mi breve discurso sobre la situación actual sorprendió a mi colega en turno, eso era indiscutible. 

-Qalgk será recordado como un loco desquiciado ahora que ha condenado al mundo entero –Opinaba Tvawoa. 
-Me lo imagine –Respondí con cautela-. En fin, ¿Qué hay de Uvzoel? 
-Unos soldados nos emboscaron con todo y el leviatán que acabábamos de destruir. Apenas logré huir pero a él lo capturaron, es evidente que planean ejecutarlo. 
-Entonces no sólo tenemos que salvar su pellejo sino también a todos los habitantes del planeta. Esto es uno de esos días, ¿No es así?

Fuimos al campo de entrenamiento donde pensé que podrían estar los soldados y mi compañero. Ahí estaban cabalmente. Sin dudarlo ni por un momento, nos abrimos paso por la única resistencia que este edificio podría ofrecer, eliminando a cuanto androide osara plantarse delante de nuestra mirada. Reincorporé a Uvzoel tan pronto como demolí a su custodio pero no me di cuenta de cuan enojado estaba en ese momento. Como una bestia desencadenada, entro en una juerga de destrucción, despedazando a cuanto androide tuviera enfrente. Su respiración era muy fuerte, desesperada y nada normal, pudo habernos matado a nosotros mismos ahí mismo… si no fuera porque uno de los androides cargaba con una de esas armas desintegradoras de células en su interior. 

El efecto bélico del arma vaporizo los brazos, el rostro, la pierna izquierda y parte del tórax de mi compañero en un instante. Yo estaba ciertamente abrumado y al mismo tiempo aterrado de su condición.

-¡Camarada! –Grité, tratando intensamente de que le salvaran la vida. -¿Lo puedes…? 
-Claro –Me interrumpió fugazmente Tvawoa mientras utilizaba un dispositivo para congelar el cuerpo de Uvzoel-. Entiendes que estamos en una encrucijada: Es tu compañero o el mundo entero. 
-Entonces pueden hacerlo, ¡Váyanse de aquí! ¡Ahora! No me preguntes como le haré, ustedes prosigan que se nos acaba el tiempo. 

Esa última frase la entendió perfectamente la doctora. Observé como al instante, ella empezó a correr cargando con el cuerpo de Uvzoel hacia nuestra nave espacial mientras yo me puse a pensar en un plan y en uno muy rápido o no habría planeta alguno en donde posar mis carnosas patas verdes. 

Visualicé a lo lejos una de esas naves espaciales colosales que los pocos soldados sobrevivientes planeaban usar como medio de escape. Llegué a tiempo, deshaciéndome de los estorbos en el proceso. 

Al tomar el control de la nave, pensé rápidamente en la forma de sacar a todos los tralyanos a tiempo. Fue ahí cuando recordé un enorme panel de teletransportación cercano al edificio que podía ser usado para transportar grandes multitudes y enviarlas a otros lugares lejanos. Me cercioré de que la nave contara con un dispositivo de teletransportación similar y para mi fortuna era justamente el que yo necesitaba: La cámara de almacenaje de esta enorme nave podía albergar fácilmente a 3 millones de individuos, increíble pero cierto. De todos modos me iba a sobrar espacio dado que los últimos reportes sobre los habitantes del planeta confirman que solo quedaban 2, 467, 891 con vida. 

Uniendo esmeradamente los dispositivos del altavoz y el sensor telepático que me proveía la nave, pude contactar a todos y cada uno de los tralyanos y los hice reunir al panel cuyo alrededor era un desastre total por el inminente colapso del planeta. No podía creerlo al principio pero todos respondieron a mi alerta, venían por multitudes de cada rincón y se acercaban cada vez más y más al panel. Uno a uno comenzaron a adentrarse en la nave y solo tenía que esperar a que los últimos setenta ingresaran al fin.

Una vez que el último de ellos accedió, exhalé y respiré tranquilamente sabiendo que había cumplido con la misión, claro que al más obvio y alto costo: Tralya no existiría más y eso es una lamentable pérdida para el universo. 

Mientras me alejaba del desgarrado planeta, el edificio que solía pertenecer a Qalgk yacía en ruinas… incluso él, que aún seguía vivo, seguía riendo psicóticamente mientras todo a su alrededor se resquebrajaba a pedazos. A él ya no le importaba nada, se recostó en el suelo al mismo tiempo de que una ruptura se abría en la tierra, al final solo se podían escuchar sus débiles ecos retorcidos mientras las fisuras del planeta lo devoraban. 

Me alejé del moribundo Tralya y no pasó mucho antes de que pudiera apreciar la explosión del planeta dejando una constelación brillosa en el vacío cosmos de esta negrura infinita. 

Dirigí el curso de la nave hacia un planeta adecuado para habitar de nombre Osatry. Me contacté con los representantes del planeta y ellos me dijeron que no me preocupara, que se encargarían de darles la bienvenida con todos los honores a los supervivientes de Tralya. Antes de partir, les obsequié la nave colosal a los osatryanos para contribuir a la supervivencia de la raza que había salvado no sin antes descargar una capsula espacial de dicha nave para regresar a casa.

Con la historia explicada, Uvzoel olvidó de inmediato mi tacañería… aunque no me preocupaba, creo que yo también ya estaba olvidando mi avaricia. Mi compañero y Tvawoa fueron a mí y me estrecharon la mano por el buen trabajo que había hecho al haber ayudado a esos pobres tralyanos que tantas injusticias habían sufrido. 

El relato de esta historia prácticamente había devorado mucho tiempo de la noche y para ese entonces ya era de día. Podía observar por un filtro del techo, la luz del sol que se vislumbraba poco a poco por el lugar. Me le quedé viendo y no me di cuenta de que alguien estaba llamando a la puerta. Mis colegas me acompañaron y al abrir la puerta descubrí que era nada más y nada menos que nuestro financiador Leb’gha. 

-Camarada -Comencé a explicarle mis cuitas-, perdón por haber fracasado en la misión, te destruí un planeta entero y tú solo querías ver colapsado la compañía de Qalgk. 
-No te preocupes por eso –Respondió Leb’gha con una feliz mueca en su rostro–. Seguí de cerca el caso y aunque es triste lo que paso allá, es cierto que ahora el corrupto legado de Qalgk ya no existe. Y mira nada más, creaste la más perfecta hermandad de camaradería entre tralyanos y osatrynos. Ahora dime, ¿Quieres el dinero? 

Me dijo mientras observaba el maletín que cargaba consigo. 

-No, quédatelo, ya me canse de mi tacañería, quiero renunciar a ello. Puedes darle el dinero a la hermandad que acaba de nacer. 

Voltee pensando que Tvawoa y Uvzoel estaban molestos por mi decisión, pero no, era todo lo opuesto. Estaban aún más complacidos de mi por no haber aceptado el dinero y creo que eso me hizo sentir feliz al fin… por primera vez lo sentía y era muy raro experimentarlo pero lo podía sentir y me sentía profundamente orgulloso de mí mismo.

-Y bien, ¿Quieres desayunar algo Leb’gha? –Pregunté. 
-Lo que sea está bien Valrac, no vieras que hambre tan grande tengo ahorita mi estimado.