Prólogo
¿Cuántas veces he
visitado la Ciudad de México? ¿Cuatro? ¿Cinco? Me hago estas preguntas porque
sinceramente no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que la vez pasada, hace como
unos 2-3 años, había asistido junto con mis padres a un concierto de música de videojuegos,
los Video Games Live. El resultado,
bueno, si me permiten utilizar una expresión informal inglesa adecuada para
este contexto, fue que “rocked my socks off”. Y si, tenía que hacerle de
traductor a mis padres porque el dirigente de los VGL, Tommy Tallarico, se la
pasó hablando todo el tiempo en inglés. Una que otra palabra en español pero
hasta ahí.
Viernes, 3 de abril de
2015
Heme aquí, en un
camión de primera clase que no es Primera Plus con dos pisos. La entrada estaba
en medio del autobús, y al subir, tenías las escaleras para ascender al segundo
piso a la izquierda, los baños enfrente y ocho asientos a la derecha. Y, ¡oh!
¿Qué es esto? ¿Pantallas? Bueno sí, después de ir y venir de Guadalajara,
Jalisco varias veces con la misión de un trámite de pasaporte durante el 2014,
a uno ya no le extraña que puedas escuchar música, jugar juegos pre-instalados
y ver películas y series ahí. ¿La película que elegí para un viaje que duraría
3 horas y media? Guerra Mundial Z.
Aún me entretiene. 10 de 10, la vería de nuevo.
Lo siguiente es
natural: llegamos a la central camionera de no sé cuántas que hay en la
capital, subimos a un taxi con un conductor ya mayor y que casi nos pierde en
Reforma porque se le dificultaba un poco oír las indicaciones de mi papá y mis
primos que me acompañaban. Sobrevivimos, entramos al hotel Krystal Grand (la cual, por impresión primera, dije que estaba todo
dorado y pulcro) y nos reunimos con mi mamá y mis tíos que ya se encontraban
ahí.
Luego, previo aviso de
que no nos darían las habitaciones sino hasta las 3 de la tarde, decidimos
buscar un lugar donde comer, porque es claro que el desayuno que tuvimos en el
autobús nos iba a dejar satisfechos. Yo, por ejemplo, devoré un pan llamado
guarache y una botella de agua de limón.
A partir de este
momento nos dividimos en dos grupos, el A, dirigido por mi padre, mis primos y
yo, y el B, dirigido por mi madre y mis tíos. Bueno, nadie se organizó así
realmente, es para describir la situación más cómodamente.
Ahí estábamos, frente
a frente con el monumento a la revolución. El grupo B decide ir a visitar el
interior del monumento y nosotros, los del A, y con cariño para el comandante
en jefe de las fuerzas armadas, Clutch,
nos fuimos a comer a un Subway. Es mi
primera vez comiendo en una de sus sucursales, yo al menos me tocó media torta
con pollo teriyaki y todo el demás contenido.
Después del éxito
obtenido, decidimos ir en bola al Bosque de Chapultepec. También era mi primera
vez ahí, pero con la Semana Santa y toda la chuchería, era normal caminar entre
un océano de conscientes bolsas de carne y hueso. La mitad de nosotros se quedó
frente al Museo de Antropología e Historia, el resto (y yo) nos fuimos
derechito al Castillo.
Caminamos, caminamos y
caminamos, casi tomando una vía equivocada en el proceso y luego fuimos
despojados de nuestros líquidos para combatir la deshidratación en la entrada.
Qué desperdicio. En fin, subimos, subimos y subimos, cual fuera un monte y,
como nada más nos quedaban 50 minutos para que cerraran el Castillo, pues nos
apuramos para intentar verlo y leerlo todo entre empujones y ondas calurosas de
sudor desplegadas de la gente que pone sus hombres sobre los tuyos para
convertirnos en sándwiches caminantes.
Por supuesto, ver todo
fue imposible dado que no pudimos subir a ver los jardines del último piso.
Bueno, ya que, en cinco años podré contemplarlos. Bajamos, bajamos y bajamos,
mis pies estaban demolidos, pero aun así me quedó la fuerza suficiente para ver
una galería fotográfica de la cultura y sociedad árabe.
Regresamos al hotel.
Nos dimos un merecido descanso (dícese de mi papá escuchando su reproductor
MP3, yo leyendo un libro de Rius y mis primos viendo la televisión) y,
acordando un plan para ir a cenar a partir de las 8 PM, salimos y tuvimos una
caminata igual de larga que comprendió la Avenida Juárez (o al menos donde
empieza el hotel) y la Cerrada de Madero hasta el Zócalo.
Hay cosas interesantes
que puedo destacar de esta caminata: antes que nada, es la primera vez que veo
el Hemiciclo a Juárez y el Palacio de Bellas Artes de frente. Segundo, vi 5
Sanborns, 2 librerías Porrúa, 2 librerías Gandhi y a un par de individuos que
se turnaban sobre sus cabezas un peluche de Twilight Sparkle, cortesía de Hasbro y Build A Bear.
Entramos al primer
restaurante que vimos que ofrecía pozole, el Palacio en la Cerrada de Madero. Seguido de esto, siendo las 10 PM,
fuimos al Zócalo y ahí estuvimos unos minutos tomando fotografías. Dimos media
vuelta, vi a un tipo borracho perder el balance y caer sin dejar de soltar el
celular de su oreja, y llegamos al hotel. Nada inusual ahí.
Sábado, 4 de abril de
2015
La primera orden del
día es levantarse e ir a desayunar a las 9 AM al restaurante subterráneo del
hotel. Yo pongo la alarma a las 7, duermo una hora y entonces despierto. Mi
papá y mis primos nos preparamos y desayunamos finalmente a las 9:30.
Seguido de esto, el
plan resulta en viajar a Xochimilco, lo cual es también mi primera vez (oh que
la canción, todas son primeras veces con este cuate). Al principio pienso que
va a estar igual de caóticamente sobresaturado que en el Bosque de Chapultepec,
pero la verdad es que no es así.
Ahora sí que esta es
una experiencia que genuinamente pudimos disfrutar sin estar acarreados por el
tiempo. Trajineras que se embisten las unas con las otras y que algunas tienen
dificultad de moverse por estar tan atrapadas entre sí, desembarcar en un
hibernadero, una heladería, el mercado de artesanías y ser suministrados por
los excelentes servicios de una chalupa, venta de elotes, muñecos de trapo,
trajineras en miniatura, grupos de mariachi y de banda. En mi opinión, todo en
Xochimilco resultó ser lo mejor del viaje.
Corre y se va con
encontrar un lugar para comer. La opción que se tenía pensada era ir a un Holiday Inn cercano al centro. Pero no,
teníamos que ir a un restaurante de ultra élite llamado el Balcón del Zócalo. Visitar uno de esos lujosos lugares sucede una
vez en la vida para un pobre como yo. Aunque luego aprovechamos para sacarnos
fotos desde la terraza, con toda la plaza en estilo panorámico, así que lo
valió.
Próxima aventura:
buscar la editorial Kamite. Para esta
ocasión, mientras el resto visitaba la catedral, mi padre y yo nos fuimos a
buscar la primera de las dos sucursales de la tienda. Primero fuimos a no sé
dónde de la línea del metro 8 de Bellas Artes. La dirección decía “Eje Central
9” y la lógica me sugería que habría un gran y enorme edificio (un bazar pues,
eso es lo que estaba buscando) con un brilloso y notable número nueve. Eso
sería en un mundo ideal pero la realidad es que con tanto edificio abandonado o
cerrado, pues decidimos dar media vuelta y buscar el sitio de la otra dirección,
lo que implicaba dar una larguísima caminata de regreso al Zócalo.
Y ahí estábamos en
otro océano de gente buscando un tal “Pasaje Zócalo – Pino Suárez”. Yo pensaba
que el lugar se encontraba en un edificio externo, pero al ver como mi papá nos
dirigía a la entrada del metro, me confundí y pensé “¿a poco la tienda está en
este rincón subterráneo?”
Y sí, efectivamente estábamos
ahí, en un pasillo de unas 40 editoriales de libros y revistas por igual. Esto
hubiera sido más fácil si hubieran malditamente especificado mejor que la
tienda estaba bajo tierra en el “pasaje de la literatura” (bueno, no se llama
así exactamente, pero ustedes entienden mi punto). ¿Qué iba a saber yo? ¿Un
extranjero moreliano que no sabe ni maiz de los pasillos que componen la red
del metro? Sí, precisamente.
Si el día de ayer
terminé con los pies demolidos, hoy terminé con ellos diezmados.
Domingo, 5 de abril de
2015
En realidad, no hay
mucho de qué hablar sobre este día. El cambio de horario zangoloteó nuestros
relojes naturales y desayunamos más tarde de lo usual (algo así como a las 11
de la mañana).
Como dicta la norma
del hotel, nos corrieron de los cuartos a las 12. Tenía pensado visitar el
interior del monumento de la revolución a, entre otras cosas, recoger mi moneda
personalizada, pero viendo el éxito obtenido de que ya estábamos presionados
por el tiempo, pues ahora sí partimos rumbo a Acámbaro en una camionetota de
esas donde pueden caber unas 15 gentes.