Era común observar lo que me rodeaba, parecía prácticamente como un tugurio sin rostro con las animas de los de sin mente recorriendo el frio y elegante piso junto a algo enorme y transparente a mis espaldas. Mis ojos se desvanecían poco a poco gracias al cansancio natural de mi cuerpo y antes de que lo supiera, había caído victima de las garras de una oscuridad soñadora.
Mi mente se revolcó en el más grotesco caos inimaginable, mis ojos se movían de una lado a otro sin tener consciencia clara de lo que estaba sucediendo. Fue ahí cuando mi mundo se desvaneció y desperté, solo que esta vez, cuando desperté no fue en el mismo lugar en el que había despachado mis glúteos en la zona de hierro blanquecina, no… era un lugar en el que podrías realmente enloquecer si observaras lo yo observe.
El camino era un desolado panorama, como si el apocalipsis hubiera empezado sin que mi propio ser fuera testigo de tan suculenta destrucción. Las paredes tenían caras literalmente, pude reconocer muchas de ellas: hombres, mujeres, niños, ancianos… todos ellos gritando desesperadamente de dolor, la agonía de sus aullidos me taladraba los oidos como un rallador de quesos pasándose a si mismo por una pila de rocas amontonadas unas tras otras. Eso fue conmovedor, como si de alguna manera, me gustara el sufrimiento de esos rostros en las paredes.
Camine sin siquiera pensar en primer lugar hacia donde iba cuando mi visión se aclaro poco a poco y vi lo más bizarro que había visto en mi vida: pirámides de cristal deformes que se posaban del suelo con la punta, ¡Con la maldita punta! Y entonces sentí por primera vez miedo. De alguna manera recordé porque nunca antes había sentido miedo. En el mundo real, yo soy… o más bien era un don nadie que se dedicaba a destripar, a remover ojos y lenguas e incluso a veces a lacerar a pobres imbéciles que eran un estorbo a mi alrededor.
Recuerdo entonces la golpiza que me propinaron meses después de mi captura. Ellos me gritaron, me torturaron, me humillaron, lo hicieron todo con tal de romper mi espíritu. Lo que ellos no sabían era que mi espíritu ya había sido roto desde hace mucho, mucho tiempo. Luego de arrancarle brutalmente la cabeza a mi carcelero con la punta de un martillo abandonado por mi compañero de celda que ya había sido convertido en un montón de carne apilada, me retire a un cuarto solitario, que parecía no tener vigilancia. Entonces fue ahí cuando lo vi, al anciano que parecía muy enfermo y cansado.
El individuo del rostro terriblemente desfigurado me dijo con su voz áspera y siniestra: “Y cuando el caos se impuso sobre nosotros, el camino se abrió de par en par a nuestras líneas temporales y finalmente, el destino nos dejo aquí por alguna razón”. Mientras hablaba note como jugaba plácidamente con una pequeña pirámide de juguete, la volteo y la puso en el suelo sobre su punta. Al momento de hacer eso, el rio como un loco enfermo dispuesto a encarar el condenado fin del mundo. Eso me molesto al grado de levantarlo violentamente del suelo y amenazar con matarlo, entonces la verdad se rebeló ante mí como un tren descarrilado que despedazaba toda mi carne y hueso. El murmuro tranquilamente: “Yo soy tu ancestro”
Luego de eso, bueno, mi ancestro volvió a reír y enseguida se convirtió en cenizas. Súbitamente y sin que nadie lo advirtiera, amanecí tumbado como un vago cualquiera en una silla hecha al parecer de metal retorcido y ahí me quede, viendo a los que pasaban con sus tranquilas e ignorantes vidas. Cuando volví a mí en este mundo sin lógica aparente, continúe mi rumbo y abrí la única puerta visible. La siguiente escena podría haber pulverizado en un santiamén la mente de un hombre común y corriente. Mi dichoso ancestro tenía una mueca feliz en su desfigurada boca mientras me habría paso al caos errante: Un ser impresionante, colosal y escalofriante, con algunos tentáculos que apenas se distinguían pero que desaparecían erráticamente al compas de la poca luz visible de esta… dimensión. El decía triunfalmente que el pecado de la maldición familiar traería no solo el horror absoluto, sino la experimentación de mi propio Armagedón en carne propia.
Y entonces él grito, grito como nunca había gritado mientras observaba como si nada hubiera pasado como sus intestinos salían libremente de su estomago, el fluido de su sangre recorría la nada fugazmente, sus ojos desaparecían, su boca misma desaparecía a lo que lo dejo en una desesperación absoluta y finalmente, su piel se estiro al infinito del vacío dejándolo tumbado sin vida mientras mi gran señor recogía con su tentáculo su cuerpo lleno de músculos chorreantes de sangre, huesos disparados de sus aberturas y un rostro completamente sin vida. La cara del que alguna vez fue un asesino serial y pago el precio de una manera irónica. Los del mundo de la superficie nunca podrán explicar porque yace un pedazo humanoide de carne y hueso, ensangrentado de par en par, yaciendo en una silla de metal y a espaldas de una gran pirámide de cristal.
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